La partida de cartas
Hay mañanas que las palabras me sacan de la cama. No quieren esperar a que suene el despertador y, antes de que el mismo sol decida que ya es hora, sin ningún miramiento, me abren los párpados y me agitan el pecho. Esas mañanas las ideas, hartas de pulular sobre la cabeza de la escritora menos prolífica de la ciudad, deciden hacer un zumbido tan intenso que más vale levantarse. Dejo atrás el cuerpo calentito de mi hijo pequeño, quien suele buscar compañía en mitad de la noche. Lo dejo tranquilo, con la serenidad expansiva de quien duerme, respirando al compás de sus dulces sueños. Me pongo mi bata de lana beige, compañera fiel de líneas demasiado tempraneras, y sustituyendo un calor por otro, bajo a la cocina. Tengo que escribir mi tarde de ayer, la primera de gran felicidad después de unos días tan grises que, casi muero del cansancio. Que es lo que tiene la tristeza, que te agota. Me sentía exhausta, no podía más con un vacío que me pesaba tanto que no podía levantar las comisu...