DESPERTARES Y SONIDOS
Hay sonidos que te despiertan y otros que te invitan a seguir durmiendo.
Recién amanecida,
en ese intervalo de tiempo en que uno se mueve entre sus dos vidas: la
sensorial y la onírica, escucho con atención. La vista aún se mantiene adormecida,
el oído parece no descansar nunca. Busco pistas del nuevo día, calculando la
hora y el lugar según lo que oigo.
Hoy toca el rumor
de la lluvia que invita a seguir en la cama, arroparte y soñitar. La luz es más
suave, el canto de los pájaros más ligero y ese murmullo que evoca el fluir de
los ríos, nos transporta en medio de la ciudad, a la naturaleza.
Me entusiasma. Me
entusiasma porque va al compás de mi propio carácter, normalmente tranquilo,
pausado como gotas de lluvia, pero constante, en movimiento. Alterna momentos de mayor intensidad con algunos en los que meramente gotea, sin
esfuerzo, dejándose ir. Un carácter soñador que, se complace de estirar cuanto
más mejor, esos minutos de la recién estrenada vigilia donde, la vida se
entremezcla con los sueños.
Pero no me
despierta, me adormece. La lluvia en la cama son caricias y dejarlas allí para
levantarse, es un acto de heroicidad.
Esta mañana añoraba
despertarme al son de las campanas: un despertar musical, alegre, rítmico aunque
contundente al mismo tiempo. Un tañido rotundo que evoca el pasado que, te transporta del presente a la historia y te hace consciente de
cuantas generaciones antes que tú llegaras, despertaron así. Éste, sin embargo, no te
deja soñando, te exige acción. Si una campana puede mover todos esos cientos de
kilos y ponerse a bailar para ti y a pesar de ello, sigues en la cama, algo
estas haciendo mal. Su repiqueteo te agita, apremiándote y como diciéndote:
-Venga, vaga, que
el mundo está ya en pie y, esperándote.
Y sin entrar a explicaros
los mil quinientos ruidos que he ido escuchando al despertar, y que
han ido evolucionando según fuera hija y hermana en casa paterna madrileña,
estudiante en casa compartida toscana, recién casada en pequeño apartamento al
sur de Meno, o madre de lactantes e infantes en cada una de las cuatro casas
que ocupé a continuación, concluyo, cerrando el podio de mis sonidos favoritos
cuando me despierto: el trino de los pájaros.
C. Mackesy dice
que por cada pájaro que pía hay uno que escucha. Y tan importante es el canto
del primero como el sentir del segundo.
Y yo escucho ese
trinar, sabiendo que no era cantado para mí, pero sí compartido conmigo. Y
disfruto recuperando ese canto, que se apaga en invierno, dejando las mañanas
mudas, para comenzar con cierta timidez al inicio de la nueva estación, e ir
cogiendo impromptu a medida que ésta se desarrolla, alborotando cada vez más y
más temprano, al son de un día que crece en esa misma proporción.
Y ya no sé, si el
principio del día se hace acompañar por la emoción de ese canto o, si es al
revés, que son ellos quienes despiertan cada vez mas temprano al día.
Comments
Post a Comment