La abuela Pilar
La abuela se marchó tan despacito, que todos tuvimos un momento, o muchos, para despedirnos de ella. Sin embargo, el día que nos dejó, en el responso, todos nos quedamos mudos; cuando el sacerdote nos preguntó si alguien quería añadir unas palabras, ninguna resonó en alto. Aquella noche, mi hijo me recordó que era el Día de Acción de Gracias y me preguntaba porqué no lo habíamos celebrado. Y entonces, yo pensé que hubiera sido lo mas natural, y lo mas justo, haberme levantado durante aquel responso del mismo día de Acción de Gracias, para precisamente eso, sencillamente eso...
Aquellas últimas mañanas en el hospital, procuré contarle todo lo que significaba para mí. Era un soliloquio en que yo le hablaba, suave y tranquila, y ella, qué remedio, no podía interrumpirme, y decirme que era una exagerada, que no había ahí para tanto... A cambio, dormitaba tranquila, y me dejaba acariciar la suave piel de su mano. Esa mano tan querida y tan inquieta, que no había parado de hacer cosas por los demás. Si le dí las gracias, antes de que se marchara, de verdad que no creo que de manera
suficiente. Así que, el día de su funeral, resonaron por toda la Iglesia así:
Gracias abuela
por tus infinitos detalles. Por siempre acordarte de cual era nuestro capricho
favorito y tenerlo listo cada vez que te veíamos. Gracias porque esos detalles
han incluido a mi marido y cada uno de mis hijos desde el primer momento. Siempre añadiendo.
Gracias por esa generosidad.
Gracias abuela
por mimarnos, consentirnos sin límite, por los mejores fuegos artificiales en
fin de año, por todas esas manualidades con las que nos entretenías los días
de invierno en la sierra, por los mejores regalos de Reyes. Tantos recuerdos contigo.
Gracias por los
veranos de mi infancia, cuando invadíamos la casa de la montaña, y conseguías
que nos lo pasáramos como los indios todos los primos juntos.
Gracias por
cuidarme de mayor, cuando comíamos juntas en mi pausa del trabajo, y por
arroparme en el sillón, los días que en lugar de comer, prefería echarme la
siesta.
Gracias porque
cuando servías la comida, ponías en tu plato el peor trozo. Y cuando yo te
preguntaba, porqué hacías eso, decías que no tenía importancia.
Gracias por
contarnos todas esas historias de tu vida. De tu infancia, de la tienda, de
cuando eras pequeña, de las monjas de tu colegio, de lo bien que cantabas y de
que eras una niña despierta y pizpireta.
Gracias por ese
optimismo, y esa alegría, y por enseñarme con tu ejemplo como se han de encajar
algunas cosas.
Gracias por todo
ese amor que me has dado y que, es irremplazable.
Y ya para
terminar, gracias por ese buen puñado de genes que he tenido la suerte de
recibir y que hacen que yo sea yo, y de ninguna otra manera.
Te quiero
muchísimo.
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