En algún momento, alguien debía hacer justicia con la desacreditada Cigarra.
No había lobo. Nunca había lobo. Jamás había visto otra cosa que no fueran cuatro hormigas, dos avispas, y tres escarabajos peloteros. Pasaba las horas muertas contemplando sus quehaceres y acariciando al perro, que dormía ocioso a su lado, casi todo el día.
Los escarabajos
le parecían fascinantes, bola arriba, bola abajo, bola enorme, casi mas grande
que ellos. Ahí estaban con su misión vital, que ejercían sin cuestionarse jamás. Atareadísimos,
como las hormigas, como las cigarras. De veras, ¿Quién había dicho que la
cigarra era una vaga ociosa?
A quien se le había
ocurrido semejante insensatez.
La cigarra no
paraba de tocar, melodía, tras melodía, incansablemente, regalando notas a todas
las criaturas del campo. Pedro la escuchaba y lo apreciaba. Las hormigas en sus
fatigosas caminatas la escuchaban y trabajaban con mayor ahínco. “Si Cigarra no
para de tocar, yo tampoco puedo olvidarme de lo que me corresponde”, pensaban.
La abeja añadía su zumbido y sentía que la melodía era mas completa. Se
afanaba en recoger polen de aquí y allá, por la miel, pero también porque sabía
que sus alas producían un murmullo que envolvía las notas de la cigarra en una cadencia
mas suave. Tocaban juntos.
Si algún día
parara de tocar la cigarra- pensaba Pedro- todos los demás insectos se pararían
quietos, sorprendidos, esperando a que retomase cuanto antes el instrumento.
Como niños jugando a estatuas musicales.
¿Y si parara para
siempre? ¿Qué sería de la hormiga? Quizá en la ausencia de esa canción, eternamente ejecutada para ella, se acordaría de sus propias penas y la consumirían.
Quizá, si paraba de tocar la cigarra, ella también debería tomarse un descanso. Quizá
sentiría el peso de su carga, como algo imposible de levantar. Y el escarabajo…
quizá diera una patada bien fuerte a su pelota. Y la abeja, quizá se quedara
descansando sobre los pétalos de una flor...
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