El baño, el espejo, la cana, el diente.
Algunas noches me cuelo en su baño, y nos lavamos los dientes juntos. A la vez, frotando y puliendo esmalte dental. Unos mejor. Otros peor. Otros rematadamente mal.
Ayer nos quedamos
las chicas en el baño. Ella se enredaba en la boca, una boca que perdía dientes
a gran velocidad, para reemplazarlos por premolares y caninos tamaño adulto. En
su cuerpo de mujer miniatura, los dientes van despidiendo su infancia y dando
la bienvenida a su madurez, anticipándose a todo lo demás, como esos
adolescentes estúpidos que juegan a ser mayores demasiado pronto.
Yo usaba la luz “de
interrogatorio” de su cuarto de baño para explorar mi cabello. Todo empezó con
una cana. Impertinente. Retorcida. Presentando distintos planos y requiebros
para brillar más fuerte. No sé si era fea. Igual tengo que reevaluar mi
diccionario personal de belleza, pero era escandalosamente brillante. No era
blanca. Era platino. Metálica. Parece que he tardado 43 años en aprender a
hacer pelos de dos colores, unos negros y otros blancos.
Después de
admirar durante un rato uno de los nosecuantísimos miles de pelos que crecen en
mi cabeza. Decidí buscar otras canas. Andan por ahí escondidas. Pero yo sé que están.
No sé qué imagen
le estaré dejando a la casi conclusa infancia de mi hija. Pero en fin.
Allí comencé yo a
mover mi melena de lado a lado buscando canas. Ocho o nueve me encontré. Lo
cual significa que debo tener alguna más.
Mis ojos y los de
mi hija se encontraron a través del espejo.
-Tengo ocho. Y
para añadir dramatismo al tema, subrayé mis palabras con una mueca que viene a
ser una sonrisa invertida, quizá mas tirante de una comisura que de la otra, quizá
enseñando un poco los dientes inferiores. Quizá, tiran también un poco los
tendones del cuello. Los ojos expectantes.
Yo sabía que estaba haciendo el payaso. Y ella también. No me importa. De hecho, a veces me divierte.
Volvió sus ojos a la exploración del hueco que en su
encía había dejado un colmillo que se le había caído hacía unos minutos. O que se había decidido arrancar. No sé.
-Me hago vieja,
Blanqui.
-Mummy, you know, they are a sign of wisdom.
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