Literatura.

 Esta noche he soñado que alguien me regalaba un libro.

Estaba en una librería grande, de esas que tienen varias plantas, distintas secciones, y una de ellas con artículos de papelería. Elegía mi libro, era Mujercitas. Lo elegía para mí. Como cada vez que me elegía un regalo, lo hacía cuidadosamente. Era algo pensado y vuelto a pensar. Nada de impulsos. El proceso siempre comenzaba con un deseo, y continuaba con un diálogo interior sobre si merecía tenerlo. Había decidido que sí, que ese libro sería para mí. Lo tenía en la mano, y lo miraba con cariño. Decidí envolverlo. Por protegerlo, más que por ocultarlo.  

Era un envoltorio sencillo, que guardaba una edición no muy nueva, un poco estropeada.

Cuando llegué a la caja, el chico de detrás del mostrador, se sorprendió un poco. Era alto y joven. Llevaba puesto un jersey con cuello a la caja. Quizá debajo una camiseta. Quizá nada: Piel y lana. También llevaba puesta una sonrisa amable.

No me dijo nada, pero se quedó mirando el paquete, que claramente se intuía que era un libro, como pensando qué hacer con él.

-Es para mí, por eso lo he envuelto. Es un regalo.- Me excusaba torpemente, ofreciendo explicaciones no requeridas. De pronto me sentía avergonzada por haberme precipitado, invirtiendo el orden lógico, y entorpeciendo así, el proceso de pago.

Con delicadeza empecé a despegar el papel, para que el chico pudiera acceder al código y escanearlo. No me dejó terminar.

-¿Sabes que te digo? Te lo regalo. Llevátelo. Es tuyo.

Salí de la tienda con mi regalo. Un regalo doble que me había hecho yo -a mí-, pero que también me regalaba otra persona. Estaba contentísima. Me apresuré de nuevo. Esta vez, a desenvolverlo. Para contemplarlo. Para tenerlo. Para tocarlo.  En el momento en que sus páginas se pusieron en contacto con el mundo, desprotegidas ya de esa capa adicional de papel, el libro empezó a desintegrarse en mis manos: Sus páginas se desprendían y caían, otras se hacían pedazos. Yo lo miraba como quien contempla el otoño: sabiendo que nada se puede hacer, que sólo resta contemplar la belleza del espectáculo.

 Cerca de donde yo estaba, había una librería muy antigua. De esas que acumulan polvo y deudas. De esas que atiende su propietario, que envejece sincronizado con su tienda, como si fueran uno sólo. De esas en que el dueño, es el alma de esa tienda, pero la tienda es la vida de ese dueño. De esas en las que encontrarás libros antiguos, primeras ediciones escondidas entre un desorden de páginas amarillentas, y cantos de piel tan envejecida que, también se han llenado de grietas.

El librero me vió, y vió lo que le había ocurrido a mi libro. Me reconoció. Me quiso ayudar. Musitó algo así como que yo debía ser la sobrina nieta de alguien con quien se sentía en deuda. En deuda de amor. Esas son las que perduran en el tiempo. Las que se repagan una y mil veces, porque el agradecimiento nunca basta.

Me dijo que me arreglaría el libro. Él era una suerte de librero artesano. El despacho de su tienda, se había convertido en una especie de taller, donde se llevaban a cabo obras de restauración de libros antiguos, utilizando técnicas imaginativas y precisas. Allí se ignoraban facturas y recibos por los que ya poco se podía hacer, despreciándolas con su falta de interés, y allí, se concentraban apasionados en la restauración de libros malparados, a los que sí sabían dar solución.

Ví como lo cosían y lo pegaban. Como él y su ayudante, recomponían mi libro con la paciencia y la delicadeza de un arqueólogo que busca piezas, las observa, resuelve el puzzle y, con todo el mimo que es preciso, las vuelve a unir, consiguiendo devolverme un libro entero. Nuevo y viejo. En el que se leían dos historias, la que el autor escribió, y la que el artesano recompuso. Y me regalaron, por tercera vez, el libro. Creo que el mensaje de mi sueño es ese. 

Que la literatura se hace así, a base de regalos. 

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